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Una de las curiosidades de la Salud Mental es intentar comprender y explicar algunos fenómenos que no pueden medirse o contrastarse mediante los recursos que proponen otras especialidades como la Medicina. Una de las cosas que me llamaban más la atención durante la preparación del PIR era estudiar el contenido sobre la histeria y la conversión. Y no ha sido hasta que he podido verlo en persona que he podido comprender el poder de contemplar toda la fenomenología y la ambición por conocer que en su momento tuvieron personas tan populares en nuestra disciplina como Freud o Charcot.

Y es así como un día acude a consulta una paciente por derivación de Neurología. En la anamnesis se muestra que se trata de una paciente que refiere que ve doble (diplopía), parálisis y pérdida de sensibilidad en toda la parte izquierda del cuerpo, problemas de coordinación y problemas en el habla y en el movimiento de la boca. Ante un cuadro así cualquiera se asustaría y pensaría que se trata de algún problema neurológico, pero tras las exploraciones se descarta cualquier origen orgánico. Es entonces cuando acude a nuestro dispositivo.

Preguntamos sobre los distintos síntomas que motivaron su consulta al servicio de Neurología y nos cuenta lo que ya habíamos leído en la historia clínica. Más allá del contenido, fue la forma lo que llamó mi atención. Contaba todas estas manifestaciones con tranquilidad, inexpresividad facial y sin ningún tipo de tonalidad afectiva. Fue la primera vez que presencié el fenómeno clásico conocido como belle indifference . También nos relató algunos episodios en los que despertaba en el hospital porque tenían que llevarla por unas “crisis epilépticas”.

Más allá de la variabilidad sintomática tan característica y tan florida, me quedé impresionado por algo que he comentado anteriormente, la tonalidad afectiva. Preguntando sobre temas sensibles y situaciones estresantes del pasado, su expresión facial no cambiaba. Permanecía inmutable, pero algunas lágrimas se iban asomando; las emociones querían salir. Tras hacer un par de ejercicios fue al fin cuando pudo sobrepasar ese bloqueo y descargar todas esas emociones que de manera inconsciente no quería expresar. Incluso pidiendo disculpas por llorar y liberar toda esa tristeza y toda esa ira. Y es que cuando nos guardamos todo para nosotros, al final es nuestro cuerpo el que habla. Tener miedo a sentir y bloquear nuestras emociones hace que nos creamos que nos estamos protegiendo, pero a costa de no desarrollarnos como personas, ni a nivel psicológico ni a nivel emocional.

Gabriel Ródenas.

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