PIREJA: Cuando estudias el PIR y tienes pareja.

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Hubo un tiempo en que había algo que mi pareja podía hacer por mí que me hacía más feliz que un ramo de flores, un kilo de chocolate o una escapada romántica: que me regalara post-its y subrayadores. No había mayor muestra de amor que esa capacidad para adivinar cuál era el color que faltaba en mi estuche. Puede que nuestros paseos en bucle por varias papelerías y los ojos golosos que se me ponían cuando veía todo ese arsenal de colores, le dieran alguna pista de mis preferencias.

Y así se pasaban los días, centrando mi atención en los apuntes, los libros, las clases, los esquemas…y mis emociones en la motivación y desmotivación constantes. Y él seguía ahí, ayudando en lo que podía.

Mantener una pareja mientras se oposita es complicado. Realmente como en cualquier proceso en el que uno de los dos necesita implicarse al máximo. El otro siempre se queda como apartado, descolgado, fuera del área de interés. En nuestro caso, empecé opositando siendo novios, y acabé sacando plaza siendo marido y mujer. Y es que el PIR, a veces, va para largo. Y mentiría si dijera que fue fácil y todo precioso. Para nada. Hubo momentos duros, ya no sólo de cara a la oposición en sí, sino de cara a la relación. Estar estudiando todo el día, o intentándolo, para que después se te pase por la cabeza el pensamiento de que si sacas plaza y no puedes quedarte en tu ciudad, no sabes cómo vas a llevarlo, es duro. Darte cuenta de que por dedicarte al PIR estás renunciando a hacer planes con tu pareja, para que después se te pase por la cabeza que no vas a sacar plaza nunca, es duro.

De hecho para mí fue tan duro, que después de haberme quedado la 232, decidí aparcar el PIR y centrarme en mi relación. Ponerme a trabajar para tener dinero y casarme e independizarme. No dejar que ese examen de febrero me amargara más tiempo, cuando encima no lo había conseguido después de tanto esfuerzo. Pero el destino es como es, y la vocación también, y fue precisamente gracias a un cambio de trabajo del que ya era mi marido, que decidí dejarlo todo y ponerme a tope con el PIR de nuevo. Bendita decisión. Otro año con motivación renovada, con ganas de nuevo y con el aprendizaje anterior que me permitieron enfrentarme a la oposición y a mi relación de una manera diferente. Y así fue como saqué plaza. Y como mi pobre marido tuvo que aguantar otros tantos meses de llantos, rabietas, subidones hipomaníacos y nervios, muchos nervios. La verdad que era mi mayor animador. Ahí estaba el día del examen llevándome y esperándome a la salida. Ahí estaba muchos viernes para sacarme de casa cuando no quería quitarme el pijama y también muchos lunes cuando yo decidía que estaba cansada y que no quería estudiar más.

Y lo llevamos como pudimos. Él con paciencia y yo con más flexibilidad, permitiéndome más tiempo para mí y para los dos, y procurando no ser el alma en pena que había sido en la otra convocatoria.

La verdad que como PIREJA (cuando estudias el PIR y tienes pareja), dio la talla con creces. Tanto, que ahora que tengo la plaza y creía que no podía estar más feliz, me ha demostrado que podía estarlo un poco más y he sido mamá.

Así que supongo que lo quiero transmitiros es un mensaje de ánimo y de realidad: se puede, con dificultades, con situaciones diversas, pero se puede. Y además, la vida continúa y si uno se lo propone, puede vivirla feliz.

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