Mi día a día como PIR – Primera parada: USMC

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Cuando hace unos meses, antes de obtener mi plaza como PIR, me imaginaba como sería mi proceso una vez dentro del Sistema Nacional de Salud, había un aspecto que me  resultaba especialmente atractivo, se trataba del dinamismo que te ofrece la formación de especialista en Psicología Clínica. Y es que, más allá de ser un proceso estático, la formación PIR está en constante movimiento, consiguiéndose así, que el psicólogo clínico en formación, obtenga el mayor rendimiento y adquiera una gran sabiduría profesional, tanto a nivel técnico como teórico.

Pues bien, una vez firmado todo el papeleo, recogida la ansiada bata blanca y tras haber puesto mi mejor cara para la foto del identificativo personal, da comienzo, por fin, la aventura PIR.

Mi primera parada es en la Unidad de Salud Mental Comunitaria del Valle del Guadalhorce (Cártama-Coín) (USMC), lo que de manera informal se le conoce entre los profesionales de la Salud Mental como Equipos. En este caso se trataría de un Equipo rural, dada la población que se atiende en dicho Centro. 

Desde el primer momento se me asigna un tutor profesional, el cual va a ser mi guía durante esta primera rotación como PIR. Tras una primera entrevista, me hizo entrega del programa formativo que había preparado, señalando en el mismo los objetivos que debía cumplir durante mi estancia allí. Digamos que la rotación se divide en dos partes, una primera en la que debo rotar diariamente con profesionales psicólogos y psiquiatras, de manera indiscriminada. Es decir, cada día paso consulta con cada uno de ellos hasta completar el panel completo de profesionales, e iniciar una nueva vuelta. Señalar que estas vueltas están organizadas de forma que siempre pase más tiempo con los psicólogos clínicos que con los psiquiatras, por razones obvias. En la segunda parte de la rotación se me da la  posibilidad de elegir los profesionales con los que deseo pasar más tiempo formándome, además se me otorga mayor responsabilidad y se me asignan casos clínicos.

La asignación de casos clínicos se prevé en un primer momento como parte de la segunda fase de esta rotación, ahora bien, si te sientes preparado para atender tus propios casos , y tu tutor te da el visto bueno, puedes comenzar a ver tus propios pacientes desde la primera fase. En mi caso,  actualmente tengo asignados entre 10-12 pacientes, cantidad suficiente para poder estudiar cada historia con detenimiento, hacer un proceso evaluativo exhaustivo y planificar un tratamiento lo más individualizado posible.  Y es que, una de las oportunidades que te da la formación PIR, es el hecho de poder contar con tiempo suficiente para analizar cada historia clínica, no dejarte llevar por la primera impresión diagnóstica y ofrecer tratamientos certeros, lo más ajustado posible al perfil psicopatológico del paciente. Además, para cada caso cuentas con un supervisor, con el que  programas semanalmente las sesiones de supervisión que se estimen oportunas. Lo anterior es una gran ventaja, pues en todo momento sientes que hay alguien detrás de tu trabajo que valida, o no, tu intervención como psicólogo clínico.

He de señalar que para mí, personalmente, tan enriquecedora es la labor de pasar consulta con los psicólogos clínicos como con los psiquiatras, de hecho, especialmente enriquecedora me parece el poder aprender de profesionales de la medicina de Salud Mental, pues considero que como psicólogos clínicos debemos conocer y adquirir al menos algunas nociones básicas sobre la psicofarmacología, sus efectos secundarios e interacciones con los distintos perfiles psicopatológicos. En cuanto a los colegas psicólogos clínicos ¡qué decir!.  Se nota a leguas la gran formación que tienen, la cantidad de casos que han tratado y la capacidad de adaptación con cada paciente. Los tres psicólogos clínicos que hay en mi Equipo, tienen distintas orientaciones teóricas. Una de ellas se mueve desde una corriente eminentemente cognitivo-conductual, otra es más integradora, y el último es psicoanalista. Personalmente, y dada mi formación previa como terapeuta cognitivo-conductual, me resulta muy atractivo el conocimiento de la psicoterapia psicoanalítica. Es una gozada ver en acción a un psicoanalista, y más aún cuando se trata de un profesional con una dilatada carrera. El conocimiento del inconsciente, observar cómo operan nuestros mecanismos de defensas, el análisis de los actos fallidos y las conductas regresivas, se convierten, entre otros, en una tarea fascinante, aunque a la vez muy compleja y difícil de manejar con éxito.

Además de todo lo señalado anteriormente,  realizo muchas otras actividades.  Así pues, dos martes al mes asisto a grupos multifamiliares de pacientes con Trastornos Mentales Graves, grupos popularizados por Badaracco en Argentina, donde muchos residentes realizan sus rotaciones en el extranjero.

Por otro lado, dos días en semana tenemos reuniones de coordinación en Equipo, dónde cada profesional plantea casos para los que requiere una intervención conjunta con otro profesional (psicólogo clínico, psiquiatra, enfermero o trabajador social).

A todo lo anterior, hay que sumarle 6 tardes al mes en los que, o bien realizo guardias en las Urgencias del Hospital Universitario Virgen de la Victoria, o bien realizo, junto a otro PIR, grupos de ansiedad-depresión desde el modelo de Aceptación y Compromiso.

Por último, los jueves de cada semana, a excepción de los meses de verano, acudimos a docencia junto al resto de residentes de Salud Mental (psiquiatras, enfermeros y psicólogos clínicos). Durante los 4 años que dura la residencia se dedica cada año a formarnos en una corriente psicológica, de manera que al completar la formación PIR tengamos conocimiento de los principales modelos teóricos.  Así por ejemplo, este año nos toca psicoanálisis, y el año anterior  tocó el modelo sistémico. Como podéis apreciar, es una excelente herramienta para poder acercarte a cada modelo de la mano de profesionales clínicos, y hacer así más completo aún nuestro proceso PIR.

Esta primera rotación está siendo todo un sueño cumplido y sobre todo, la constatación de que  aunque en muchas ocasiones el camino sea duro, la recompensa que hay al final de éste, merece la pena.

Andrés Caballo

Residente de Psicología Clínica

Hospital Universitario Virgen de la Victoria

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