Esta Navidad, pon un aspirante PIR en tu mesa.

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24 de diciembre. 10 de la noche. Un número cualquiera de entre 5 y 20 personas se sientan alrededor de una mesa llena de comida y bebida. Podría ser una cena de Nochebuena cualquiera. Podría, si no fuera porque en esa reunión se encuentra una persona que se presenta al PIR. Escondida tras sus gafas y su jersey de cuello vuelto, reza en todos los idiomas que sabe para que nadie le pregunte a qué se ha estado dedicando los últimos meses. No obstante, confía poco en que los dioses estén para esas cosas tan nimias y tiene preparadas una serie de respuestas automáticas por si la cosa se pone intensa.

Al poco de empezar a comer, una tía sentada en el rincón opuesto pregunta a voz en grito si ya ha terminado la carrera. La chica de gafas resopla para dentro y responde lo más sonriente que puede que sí, que la terminó hace 3 años.

 –¡Ah! Cómo me dijo tu madre el otro día que estabas en la biblioteca estudiando…pensé que te quedaba alguna asignatura -los razonamientos familiares no tienen precio, eso es así.
– Bueno, realmente es como si me quedaran muchas asignaturas, muchas y muy gordas.

La madre de la chica de gafas, sale de la cocina en ese momento para hacer el apunte magistral, con la buena intención de sentirse orgullosa de su hija y el mal resultado de ponerla en disposición de dar todas esas explicaciones que como buena opositora PIR había tenido que dar tantas veces antes.

 – Cuéntales eso del PIR hija, y lo difícil que es. La pobre, está encerrada todo el día, así se está quedando de pálida.

Todas las cabezas se giran entonces hacia la chica que intenta meter la cabeza en su jersey. ¿Dónde estará el manual de Clínica cuando se necesita para esconderse detrás de él? Y empiezan las respuestas automáticas, que ya adelanto al lector, no serán suficientes:

– Pues estoy estudiando el PIR. Es una oposici…
– ¿El qué?
– El PIR
– ¿Y eso que es?

Pensaba explicártelo antes de que me cortaras.

 – Es una oposición para poder ejercer como psicóloga clínica.
– Pero ya eres psicóloga ¿no?
– Si, pero con eso solo no vale. Si quieres ver pacientes, tienes que tener el PIR.
– Y ¿cómo se hace el PIR ese?
– Es un examen de oposición. Si sacas plaza, entras a un hospital y haces la residencia.
– Qué cosa tan rara, ¿no?
– No, no es raro, los médicos también lo hacen. Y en enfermería, y en farmacia…

Es en ese instante cuando alguien, normalmente más bien joven, salta con la frase lúcida y esclarecedora:

   – Es como el MIR pero para psicólogos ¿a que sí?

La chica intentaba no decir esa frase, la cual tenía aborrecida de tanto repetirla, pero hay cosas de las que no se puede escapar. Tras esa revelación, toda la mesa asiente y suspira aliviada. Esa chica no está estudiando nada raro. Está estudiando el MIR para psicólogos, ahora tiene más sentido. A partir de ahí, todo el mundo tiene algo que decir en esa conversación. El tío abuelo Manolo hace su aportación:

 – Susana, la hija de mi vecino, es pediatra y también hizo eso. Anda que no le costó, que para coger la especialidad esa de pediatría hay patadas me dijo. Con la de gente que se presenta. Como hay menos psicólogos, os será más fácil ¿no?
– Bueno, es que también hay bastantes menos plazas. Nos presentamos 4.000 personas y solo hay 140 plazas.

La abuela Encarna colabora:

 – Pero tu eres muy lista, lo consigues seguro.
– Bueno abuela, llevo 3 años intentándolo, no estaría tan segura.
– ¡Que si hombre! Que eres muy lista. – Así, sin meter presión.

La prima Isabel interviene:

 – Tengo dos compañeras de trabajo que sus hijas son psicólogas. Se han montado una consulta y no sabes lo bien que les va. Y no tienen el PIR eh! ¿Por qué no te lo planteas tu así?
– Porque no es legal. Porque necesito formarme de verdad para ver pacientes de verdad.
– Oye que estas chicas se han gastado una pasta en másters, saben un montón.
– Pero no pueden ver gente con trastorno mental. No pueden diagnosticar, no pueden intervenir. Si lo hacen, es ilegal.

La chica de gafas comienza a irritarse. Sólo piensa en sus post-it, sus tarjetas, sus esquemas… y en lo bien que estaría refugiada en ellos y aprovechando el tiempo de verdad, sin tener que escuchar todo aquello. Absorta en sus pensamientos, solo escucha de fondo que si no se quién sacó plaza en no se cual oposición a la primera, que si Fulanito no lo consiguió nunca, que si por lo menos es un trabajo para toda la vida… Y ahí salta el padre de la chica:

   – ¡Que va! Si lo peor es que todo esto es solo para 4 años. Ya le he dicho, que si después no encuentra trabajo ¿qué? Con todo el esfuerzo que está invirtiendo…

La chica de gafas no puede más. Se levanta y se marcha a su cuarto, agarra su estuche y sus apuntes y con toda la furia que puede, vuelve al salón y lanza el material de estudio contra los allí presentes. Vuelan los folios, los bolis y los subrayadores. Algunos incluso llegan a dar en el ojo de algún comensal. Entre esa lluvia de colores y letras, la chica se sube a la mesa y grita:

  -¡Seré PIR! Pese a todo esto, seré PIR.

24 de diciembre. 8 de la mañana. Suena el despertador. Otro día que tengo que estudiar habiendo tenido una pesadilla. No paro de tener pesadillas desde que estudio el PIR. Al menos hoy estudio sólo medio día, que luego toca ayudar en la cocina. Vendrá toda la familia a cenar, pero no pasa nada, si algo tengo claro es que digan lo que digan, seré PIR. Pese a todo eso, seré PIR.

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