Fueron tres, pero habrían sido las que hubieran hecho falta.

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Me he presentado ya dos veces y no lo he conseguido, ¿Qué hago?, ¿Me rindo?, ¿Lo conseguiré algún día? Hoy queremos compartir con vosotros el testimonio de uno de nuestros APIRes con plaza. Lo consiguió en su tercera convocatoria y así nos cuenta como vivió cada una de ellas:

Tres fueron las convocatorias en las que me presenté al examen PIR. Tres años llenos de horas en la biblioteca y llenos de horas en el escritorio de mi cuarto. Desconozco el total de simulacros realizados, pero, desde luego, los hubo buenos y malos. También hubo dudas que aparecían, que se resolvían y que, tras un tiempo, volvían a aparecer. Se me olvidaron cosas, aprendí muchas otras, recordé algunas y otras que aprendí las olvidé.

El camino PIR ha sido para mí ha sido una lección de constancia y esfuerzo. Si recapitulamos hasta el principio de este, recuerdo una versión de mí mismo que no sabía muy bien qué hacer con un título de Psicología en las manos. Decidí opositar casi por azar, porque no tenía muy claro qué hacer. Esta primera vez está llena de huidas del estudio y, por consiguiente, de un primer intento fallido; fallido, pero no fatal. Esos primeros meses de estudio me dieron una buena base para que el segundo año fuera un intento mucho más serio. El estudio fue importante, sí, pero quizá fue más importante conocer a personas que ya estaban inmersas en su viaje opositor, algunas que, sin saberlo, ya estaban acabando y otras que ya habían acabado. Hablo de mis compañeros y profesores, los cuales ‒tengo la fortuna de decir‒ me acompañaron durante todo este tiempo de estudio.

El segundo año comienza con unos tortacitos en la cara para espabilarme, por delante nueve meses hasta el siguiente examen. Como nuevo tutor tenía a uno de mis antiguos compañeros y eso realmente fue algo que me ayudó. Esta persona hacía unos meses había estado donde yo estaba en ese momento y tenía realmente cercana la experiencia del estudio constante que uno no sabe muy bien si merece la pena. Este segundo año fue en el que realmente me saqué la plaza, no a ojos de los examinadores, no a ojos del Ministerio, no a criterio del examen, pero a mi propio criterio sé que el esfuerzo realizado en ese segundo año fue el que terminó germinando un año después para permitirme conseguir mi plaza. No hay secretos en este tiempo: cogía los libros y los subrayaba, me hacía esquemas, me apuntaba lo que se me olvidaba en post-its, fui a todas las clases e hice todos los simulacros, pasé buenas y malas épocas, me cundía mucho y me cundía poco… Llegó el examen y me quedé muy cerca, a tres preguntas, tres preguntas que me sabía.

Así, con un golpe como para que no me espabilara, comienza mi tercer año. Queriendo ocultar que me dolía mucho no haber conseguido una plaza, escuché al alguien decir: “Claro que estás mal, y es para estarlo, tómate tu tiempo y retómalo cuando puedas”. Hoy tengo muy en cuenta esas palabras e incluso las reproduzco cuando creo que son oportunas. Efectivamente, cuando el estudio tenía que ponerse otra vez serio, las fuerzas me flaquearon y me sumí en una época de pasividad y, por qué no decirlo, de ratos de tristeza. Me ponía ante los libros con mucha desgana, me entretenía con cualquier cosa, empezaba tarde, me iba pronto y después me frustraba por no estar avanzando. Me alejé un poco del PIR. Aun sabiendo la importancia de las rutinas, de las clases y de los simulacros, no las cumplía, no iba y no los realizaba. Las personas a mi alrededor notaron ese cambio en mí, y así me lo confirmó también hace poco una compañera de academia. Me tuve que sentar a reflexionar, aproveché esa etapa de quietud para observar el camino recorrido y para plantearme los siguientes pasos. Al fin me pregunté: “¿Es el PIR la meta a la que quieres llegar realmente?”, y tras el tiempo y las reflexiones necesarias me respondí un rotundo “¡Sí!”.

Ya tenía las ideas claras pero salir de ese estado de letargo aún iba a costarme algo más de tiempo. Seguía perdiendo las horas y coger un libro más de treinta minutos seguía siendo un verdadero ejercicio de autocontrol. Tenía que organizar mi tiempo y, ya que yo no podía, decidí involucrarme en un voluntariado, eso me daría unas rutinas y unos horarios sobre lo que asentar también los horarios de estudio. Funcionó y en la segunda vuelta ya pude empezar a estudiar con normalidad. Mentiría si dijera que estaba del todo recuperado. Durante todo el año miré con algo de rencor los libros y me salté alguna quedada con mis compañeros con tal de no hablar del PIR. Diciembre y enero fueron los dos meses más productivos de mi vida, salía del voluntariado y me metía en la biblioteca, iba a dormir a casa y a empezar otra vez. Fue duro seguir el ritmo, pero me conciencié de ello, me focalicé en la meta y lo hice.

Llegó el examen de 2018. Estaba en peor estado de salud que en ningún otro examen, el estrés me estaba pasando factura. Realmente estaba muy nervioso y a ratos me perdía en absurdos pensamientos que la ocasión no merecía. Respiré, hubo un par de reconfortantes abrazos y un último vistazo atrás precedió mi entrada al aula donde hice el examen de cada una de mis convocatorias. Entonces lo dudaba, pero hoy lo sé, fueron tres, pero habrían sido las que hubieran hecho falta.

 

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