EL SÍNDROME DEL R1
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Cuando emprendemos la senda del PIR, se nos previene de un camino plagado de escollos, dificultades y penurias. Sin embargo, las más de las veces por una mezcla de ambición y de inconsciencia, algunos –muchos más de lo razonable– acabamos por alistarnos a las filas de un ejército de locos que bregan por una ilusión.

A medida que el tiempo pasa, todos, cada uno a su manera, sufrimos en nuestras espaldas –y cabezas, y cuellos…–  las dificultades de un camino que ya se advertía complicado. Quien avisa no es traidor y, como dijo Lope, quien lo probó, lo sabe. No obstante, y pese a padecer todo aquello de lo que se nos precavió, que ya es bastante, muchos encontramos la manera de ponernos el asunto más difícil todavía y, como si de un número de circo se tratase, atravesamos la cuerda floja del estudio complicándonos la existencia por nuestros propios y muy creativos medios: haciendo malabares con obligaciones superfluas, tragándonos una espada de astronómica autoexigencia, escupiendo el abrasador fuego de la culpabilidad, etcétera, etcétera, etcétera. Teniendo lo dicho en cuenta, escribo estas líneas con la misión de consolar a los desvalidos, de aconsejar a los desventurados y, sobre todo, de desculpabilizar a aquellos que en su día tomaron una decisión pensando que, a veces, lo mejor no pasa por lo fácil, que se apuntaron a una academia para sacarse el PIR, y que hoy en día se sorprenden a sí mismos poniéndose palos en las ruedas, para más inri, en plena carrera. Con suerte, si alguien se identificase con una parte de lo que aquí se diga, pueda desinflar un poco ese globo de autoboicoteo que todos nos dedicamos a soplar.

Podríamos, de entrada, ponernos a diseccionar el asunto y presentar una taxonomía de errores del pensamiento que todos tenemos, con sus ejemplitos y demás, como cuando estudiamos las distorsiones de Beck en su Terapia Cognitiva –cuyo componente de mayor eficacia es el Conductual–, pero mucho me temo que esto provocaría más aversión que interés en un público cuya práctica totalidad de tiempo está invertido en estudiar estas cosas. Se me ocurre, como alternativa, ir directo al corazón, o a los esquemas, y hablar de ideas, concretamente de la tan cacareada exigencia, por necesaria, y de su vertiente infundada, por innecesaria. La exigencia, tan valorada socialmente, es algo intrínseco a la oposición, especialmente a una como esta: todo el tinglado está montado para competir, rendir, no desfallecer, dar un poco más, mejorar cada día, cumplir con el horario, con el plan establecido... Y está bien, así debe ser. Podría decirse que, en términos formales, no puede ser de otra manera: hay mucha gente y pocas plazas, hay un temario abierto, amplio, muy amplio, infinito según nos tomemos la definición de abierto. Antes de caernos del burro, o del guindo, pensamos que nos beneficiamos de esta preceptiva de la exigencia, porque nos mantiene alerta y disciplinados y que, por tanto, cuanto más, mejor. Pero aquí cabe una pregunta puñetera: ¿cuáles son los medios? Quiero decir, ¿con qué material estamos trabajando? Quien conteste que “con catorce manuales, con unos simulacros, unas clases…”, incurre en un grave error. Todo eso no está presente el día del examen. El día del examen estás tú, como depositario de todo ese conocimiento: te personas tú, y tú, y tú, y solamente tú, como diría el cantante. Las herramientas cuentan, claro, pero todo el aparataje estudiantil y todos los cachivaches extra que utilicemos recaen sobre los hombros de un sujeto humano, de una persona que, pese a ser capaz de cosas extraordinarias, siempre –y a despecho de los aspirantes a robot– falla al identificarse con una apariencia maquinal: los horarios minuciosamente medidos, la carga lectiva y todo lo demás, y los derivados de todo lo demás. Aquí cobra importancia lo que desde la Psicología llamamos –a mi entender, de forma un poco cursi–, el autocuidado, que no es más que cuidar de aquello que es fundamental en la ecuación: , para que puedas seguir funcionando como es debido. Buen ejemplo de este autocuidado sería sacar al descanso del vagón de cola y darle el papel que amerita, el de un descanso de verdad, ¡y sin culpa! –la mejor amiga de la exigencia infundada–. Me gustaría ilustrar el asunto con una anécdota que me contó, hace unos días, mi mecánico de confianza. Llevé mi coche a revisión y, hablando con él, que es amigo de la familia, me comentó que tenía un coche para reparar. Era un modelo americano, de esos potentes. Se encontraba a un lado del taller, con el capó abierto y el motor sin culata –sin tapa, vamos–. Su dueño, en un alarde de inteligencia, había acudido a un local clandestino para hacer un ajuste en la electrónica y así aumentar la potencia del motor unos treinta caballos más, con nefastas consecuencias: después de unos cuantos viajes sin problemas, con esos caballos extra galopando a todo meter, el exigido motor dijo basta y uno de los pistones dejó de moverse. Una biela –elemento mecánico que, sometido a esfuerzos de tracción o compresión, transmite el movimiento; en este caso, al pistón– se hallaba completamente partida, con la secuela de unos cuantos miles de euros de reparación, entre pitos y flautas. El mecánico, que las había visto de todos los colores, me pintó la escena de forma muy sencilla: «Si tú puedes echar viajes con cincuenta kilos, y yo te cargo con ochenta, igual haces dos o tres viajes perfectamente, pero al cuarto o al quinto…». «Te partes la espalda», completé. «¡Ea!», sentenció. Quizás por deformación profesional, la historia me dejó pensativo; no precisamente en el coche, sino en la referencia humana del ejemplo. Volviendo del taller, me acordé de la historia de aquel futbolista argentino que jugaba en el Valencia CF allá por 2012, el cual se lesionó aparatosamente tras ser atropellado por su propio coche cuando olvidó poner el freno de mano en una gasolinera. Supongo que la moraleja facilona sería que, por mucho que los opositores intentemos convertirnos en infalibles robots, hasta la más sofisticada máquina necesita de unos cuidados que, de no recibirlos, comenzaría a emitir fallos –llegando incluso a poder vengarse, con terribles consecuencias para nuestras piernas–.

Como devotos opositores, podemos vernos forzados a funcionar como máquinas. Sin embargo, pese a pensarnos a nosotros mismos en el papel de robots humanoides, sorprenden las veces que caemos en el sinsentido de cuidarnos menos de lo que cuidaríamos a nuestro propio coche. ¿Dónde está la lógica? De alguna manera, la idea del sacrificio nos seduce, a la vez que nos mortifica. Pareciera que nunca es suficiente. ¿Por qué nos recreamos en esta idea que nos causa dolor, que no nos ayuda, que nos aleja de nuestros objetivos? Que nadie se lleve a engaño: en esta singladura de la oposición lo razonable es currar, y mucho. Sin embargo, nos urge asumir que el sufrimiento no es bueno per se. De hecho, es dudoso que del sufrimiento pueda extraerse nada bueno. En todo caso, sufrir no nos hace mejores, porque el dolor, escribió Rafael Chirbes, no te da nada. A tal respecto, estas líneas suyas pudieran resultar esclarecedoras: «puede ser que al principio sí que te ayude a conocer algo más: comprobar que la caverna humana es aún más oscura de lo que crees, pero luego, a partir de un momento, te quita la piel, te deja desnudo. No hay purificación en el dolor, ni elevación, como nos predica la ascética. Ni siquiera en un animal te convierte el dolor. El perro salta, te da la pata, mueve la cola, si goza de salud; y se acurruca y gime cuando enferma. Digamos que te convierte el dolor en un animal sombrío, dañino. Te enturbia. Te enmaraña las cosas. Te ciega dentro de una nube negra de comportamiento poco calculable». Así pues, lejos de recrearnos en el dolor de la exigencia desmedida, cuales hámsteres que creyesen poder escapar de la rueda corriendo más rápido en la misma, merecerá la pena darnos cuenta de que el pozo es infinito. En pocas palabras: deberíamos evitar desquiciar aquello que es razonable, exigirnos sacrificio, en detrimento de aquello más razonable si cabe: que estemos en condiciones de poder ofrecerlo; que estemos, simple y llanamente, bien. Nótese que, a despecho de su apariencia racional, nuestras decisiones son, en muchas ocasiones, cautivas de un sinnúmero de valoraciones automáticas que nos hacen incurrir en paradojas; en este caso, en herirnos con la disciplina de la que, inicialmente, nos íbamos a beneficiar. Supongo, pese a la demostrada irracionalidad que envuelve nuestros actos, que ser conscientes de nuestras flaquezas puede evitar que sigamos siendo presas fáciles de las trampas que nosotros mismos nos tendemos. Que esto nos permita descansar si estamos cansados. Que dejemos de buscarle tres pies al gato. Porque ya lo estamos haciendo bien.