Aprender a ser R1 entre pandemia y mascarillas.

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Esta residencia va a ser diferente (y especial) por muchos motivos diferentes. Y ahora mismo, recién llegados los R1, nos vemos con la situación de aprender a escuchar al paciente, vincular, explorar su motivo de consulta, tratar… con mascarilla y teniendo al teléfono como el 3º en la alianza terapéutica.

Los meses antes de incorporarnos, en bastantes de nuestras charlas por Whatsapp, imaginábamos cómo sería atender al paciente con mascarilla, aprender a ser terapeutas perdiendo esta parte tan esencial del lenguaje no verbal. ¿Y cómo está siendo en la realidad? Creo que era mayor impedimento en mi cabeza del que está resultando en la consulta.

Actualmente estoy rotando en una Unidad de Salud Mental. Cuando llegué, hace apenas 3 semanas, a la mayoría de los pacientes se les hacía consulta telefónica (no en todos los sitios es así, depende del COVID). El supervisor pedía permiso al paciente, y si lo daban, ponía el altavoz para que pudiera escuchar. Antes de la llamada, me explicaba el caso y la evolución. Al colgar, comentábamos qué podría añadir, qué me parecía lo que se hubiese propuesto, si hubiese preguntado algo más… Una excepción eran los primeros pacientes que nunca habían acudido a la consulta, o casos en seguimiento que necesitasen atención presencial (gente mayor, problemática demasiado sensible/difícil de abordar por teléfono…). Estos casos excepcionales venían a consulta, siempre con mascarilla, y mi aprendizaje crecía exponencialmente al tener a la persona delante. Que muy bien el teléfono, da muchas facilidades y se puede vincular y trabajar casi sin problemas, pero donde esté tener al paciente frente a ti… En mi papel de observadora me limitaba a coger apuntes, a mirar al supervisor y al paciente de forma alternante, como en un partido de tenis. Ahora, de forma paulatina, voy convirtiéndome en una especie de coterapeuta, donde exploro y ofrezco alguna propuesta de intervención. Y aquí es donde más odio la mascarilla y la distancia.

Me da muchísima pena que el paciente se pierda información no verbal del terapeuta. A veces cuesta que nos oigan bien, porque aparte de la mascarilla, también se mantiene la distancia de seguridad. No podemos acercar la mano al paciente que se derrumba, ni tan siquiera acercarle un pañuelo (tienen la caja en la mesa, pero me parece muy frío todo). Tampoco ven si sonreímos, o si reflejamos su dolor con una mueca triste (pero profesional, ya me entendéis) de “te entiendo y estoy aquí”. Aunque en esto de sonreír, he aprendido a sonreír fuerte, de manera auténtica, pero haciendo que se note más en los ojos y el paciente pueda verlo. También estoy aprendiendo a jugar con la postura corporal para ofrecer mayor cercanía sin saltar medidas sanitarias. Me cuesta más el hablar alto para favorecer que me entiendan, pero estoy en ello.

Así que al final, le voy a ver más impedimentos a la mascarilla en la dirección que menos esperaba: la información que deja de llegar al paciente. Pero la sensación de poder vincular con alguien en estas condiciones tan atípicas, no tiene comparación. Y ahí se me olvida que existe la mascarilla y lo demás; sólo está el paciente y el objetivo que trae a consulta.