Diario de un PIR: Las guardias en Urgencias.

Suena el busca 🔊 y te levantas como una exhalación, más rápido que un rayo, para coger el teléfono antes de que se termine la llamada. Anotas los datos más importantes de la persona y cribas bien si puede haber o no algo susceptible de una intervención o si fuera necesario descartar algo más. Revisas la historia clínica del paciente 🔍, coges tu bata, respiras un segundo sin mascarilla y bajas para urgencias.

Puede resultar algo extraño eso de bajar las escaleras del hospital sabiendo que algo importante está ocurriendo abajo, que te están esperando. En esos pocos minutos miles de pensamientos pueden abordar tu cabeza: ¿Estaré yo preparado para la situación que se me viene encima? ¿Qué diantres tengo que decirle si no sé qué hacer? En esos
momentos de incertidumbre la cabeza puede volar y anticipa las malditas preguntas: “Ah, ¿pero no eres psiquiatra?; ¿Hay psicólogos en el hospital? Pues vale; Pero… ¿Va a bajar el psiquiatra?”…

Aunque lo que realmente encontremos sea un: “Necesito ayuda, por favor.” Y es que en la mayoría de los casos la ayuda que se puede ofrecer es mucho menos (o mucho más) que un reajuste farmacológico, un ingreso o una inyección. En muchas ocasiones escuchar, aguantar el tipo, calmar y, simplemente, estar ahí – más difícil de lo que parece- es lo que hace que la situación se resuelva de la mejor de las formas.

Ya, pero ¿Cómo lo hago? ¿Qué se hace? Saber manejar el tiempo, o mejor dicho, los tiempos. Tener una actitud atemperada y abierta. Mantener la calma. Confiar en las personas y en tus compañeros. Estas son las verdaderas armas para la batalla campal en la que muchas veces se convierten las guardias de un psicólogo en urgencias. Y eso no viene ni en el Vallejo, ni en el Belloch. Viene de la mano de los adjuntos, de tus residentes mayores y de atender a cada persona como lo que es, un ser humano diferente al resto. Pero insisto, no es una tarea sencilla. De hecho uno de los mayores peligros consiste en acostumbrarse, perderse en estereotipos ni atajos que pueden servir para ganar seguridad en un inicio, pero pueden llevar a un desenlace fatal. Y me refiero con esto al lenguaje que muchas veces podemos encontrarnos entre profesionales, que a raíz de la práctica clínica y la necesidad de ganar seguridad acaban hablando de “ingestitas” y de casos que vienen “para llamar la atención”.

Las palabras hacen a las personas, crean expectativas y nos dan la falsa seguridad de que sabremos controlar la situación, pudiendo dejar áreas sin explorar o ciertos detalles claves para resolver la situación. El fino y complejo equilibrio de dar la importancia que tiene cada caso y, simultáneamente, saber relativizar cada momento. Este truco, así de ambiguo y así de poco concreto es lo que puede marcar la diferencia entre un caso que sale bien y otro que no.

Pero entonces ¿Cuál es el truco definitivo? ¿Dónde estudio qué hacer? ¿QUÉ HAGO CUANDO ME SIENTE DELANTE DE MI PRIMER PACIENTE EN URGENCIAS?

Esto se aprende tal y como dijo Antonio Machado, haciendo camino al andar.